El Salvador Noticias

Relato de un Joven que sobrevivió a la tortura policial, la estrangulación y sobrevivió cuando le dieron fuego en un cañal

Scroll down to content

Un policía colocó alrededor del cuello del joven, las cintas de sus propios zapatos y comenzó a ahorcarlo. El joven se desmayó y el policía lo creyó muerto. Luego prendieron fuego al cañal y se retiraron. Esta es la historia detrás de los excesos de las fuerzas de seguridad, alentadas por el Gobierno para acabar con cualquier ciudadano que les parezca sospechoso.

Aquel día, seis policías de la Sección Táctica Operativa (STO) quedaron estupefactos cuando vieron caminar hacia ellos, descalzo y con la piel rechinada y hecha jirones por el fuego de un cañal en llamas, a aquel joven de 20 años. No les dijo nada; pasó a un lado del auto policial y siguió caminando, como una sombra.

Algunos de los policías solo atinaron a cubrirse el rostro… para evitar que los reconociera. Ellos tampoco le dijeron algo.

Cuando aquel joven se había alejado de aquella patrulla policial, se encontró con tres mujeres y un hombre quienes alarmados al ver su estado, le preguntaron qué le había pasado.

Que recién lo habían quemado, les respondió sin decir quienes lo habían hecho. Una de las mujeres le dijo que era necesario que fuera a un hospital. A lo lejos estaba la patrulla policial y corrieron a pedirles que auxiliaran al joven quemado.

Dos de los seis policías llegaron en el carro institucional hasta donde estaba el joven y lo subieron sin contemplaciones a pesar de que era evidente las quemaduras en el rostro y gran parte del resto del cuerpo.

Se subió sin pensarlo mucho. Un camino que normalmente no les hubiese llevado más de cinco minutos transitar, les llevó entre 40 o 45 minutos. Porque antes de trasladarlo del caserío Los Renderos, en el cantón San Nicolás, hacia la clínica de la Cruz Roja Salvadoreña, en el centro de la ciudad de Apopa los policías lo anduvieron dando vueltas y vueltas por muchas calles de esa ciudad.

Cuando por fin llegaron a la clínica, un policía se bajó del carro y pidió una camilla. Acostó al joven que llevaban y no dio mayores explicaciones. Cuando una doctora le preguntó qué le había ocurrido al paciente, el uniformado se limitó a decir: se electrocutó, por decir que había resultado quemado tras recibir una descarga eléctrica. Y se marchó sin dar más datos de nada.

Aquella no era quemadura por descarga eléctrica, le dijo su experiencia a la doctora.

Pero, además, en aquella clínica hubo personas que anotaron el número del auto policial. Esos números grandes que tienen pintados a los costados, en el capó o en la parte de atrás.

Cuando se hubieron marchado los policías, una de las personas que estaba en la sala de emergencias le preguntó al paciente qué le había ocurrido. Los policías lo habían dado por muerto tras colocarle las cintas de sus propios zapatos en el cuello; que se había desmayado y que cuando despertó, un rato después, se vio rodeado de fuego, en un cañal; a como pudo, logró caminar hasta la calle. Al mismo punto donde cuatro policías lo habían detenido.

Al hospital Rosales

Aquellas quemadas eran graves. De segundo grado y en el 80 por ciento del cuerpo y por eso resolvieron enviarlo al hospital Rosales no sin antes preguntarle al paciente si se acordaba del nombre de algún familiar a quien pudieran dar aviso de lo que le había ocurrido.

Así fue como Juan N. y Luisa X. se enteraron de lo que le había pasado a su pariente a quien en el expediente judicial 8-3-19 del Juzgado de Instrucción de Apopa solo se le conoce como Enero, como nombre clave.

Ambos, abuelo y madre, no sabían qué le había ocurrido, por qué tenía gran parte del cuerpo abrasado y los ojos rojos, como a punto de brotar sangre.

Pero en cuanto pudo hablar les narró lo ocurrido.

Todo comenzó aproximadamente a las 3:45 de la tarde del viernes 8 de marzo, cuando caminaba por la calle principal del caserío Los Renderos del cantón San Nicolás, de Apopa. Como solía hacer por las tardes, iba a visitar a su novia.

Cuando pasaba cerca del lugar conocido como la Línea Férrea se encontró con cuatro policías. Uno de ellos le dijo: “Bicho, parate ahí”. Y le pidió que se identificara. Entonces, le preguntaron qué andaba haciendo en ese lugar, si él era de la Nueva (colonia Nueva Apopa).

Les respondió que iba a visitar a su novia. Pero los policías no le creyeron.

No le creyeron. Le hicieron que se levantara la camisa. Al ver que tenía tatuajes, aunque no eran sobre pandillas, comenzaron a golpearlo y a acusarlo de que era pandillero.

Enero tiene tatuado en el pecho el nombre de su madre y en la espalda, los nombres de sus dos hermanos gemelos, así como el símbolo de teatro: una cara triste y una sonriente (tragedia y comedia), según explico Juan N.

El Diario de Hoy consultó con fuentes policiales y de la oficina fiscal de Apopa, si Enero pertenecía a algún grupo de pandillas o si tenía antecedentes delincuenciales. La respuesta fue no.

Al tiempo que lo golpeaban, le preguntaban quiénes eran los cabecillas del sector y le exigían que revelara dónde estaban los fusiles; que ellos estaban seguros de que en ese sector, la pandilla tenía fusiles.

Enero les decía que no sabía nada de lo que le preguntaban, que no era pandillero y que solo iba a visitar a su novia.

Pero como respuesta seguían golpeándolo mientras estaba sometido, de rodillas. El joven recuerda que le pegaron una patada en el abdomen la cual lo tiró al suelo.

Quienes lo golpeaban era el cabo Gómez Cañas y el agente Hernández Guerra. Otros dos agentes, Mendoza Hernández y Mendoza Cuéllar estaban a cierta distancia, como vigilando o dando seguridad a sus dos compañeros.

Las identidades de los policías las supo después, cuando el proceso de denuncia se formalizó.

Minutos después, el cabo le dijo: Mirá bicho, pasá para allá. Cuando hubieron caminado cierta distancia, unos cuarenta metros, Hernández Guerra le quitó la camisa y se la puso en el rostro, pero eso no le quitó la visibilidad total.

Luego el cabo le puso unas esposas y Hernández Guerra le dijo que se tirara al suelo. “Hoy sí, bicho, ya la cagaste; en los cañales te vamos a pelar; aquí no hay nadie que vea”, le dijeron.

Siguieron caminando hacia las faldas del cerro El Sartén, un lugar donde ha habido varios enfrentamientos armados entre policías y pandilleros. Enero recuerda que traspasaron un cerco de alambre de púas. Tuvo que agacharse para no hacerse daño.

Luego llegaron a un cañal. Le ordenaron tirarse al suelo y ponerse boca abajo. De inmediato le quitaron los zapatos que andaba y solo le dejaron los calcetines.

Luego escuchó al cabo decir: “Vaya Sombra, ya sabés lo que tenés qué hacer con este bicho”. Sombra resultó ser el apodo del agente Hernández Guerra.

Ángel Josué tenía algunos tatuajes pero no eran alusivos a pandillas. Se los hizo cuando vivió en los Estados Unidos.

Entonces, el agente lo agarró de la cabeza y le puso una soga en el cuello. Eran las mismas cintas de sus zapatos.

Luego comenzó a asfixiarlo. De ahí no recuerda más hasta que recobró el conocimiento, se vio en medio de las llamas y sintió que se estaba quemando. Los policías habían prendido fuego al cañal.

A como pudo se levantó, salió de entre las llamas y llegó a la calle. Allí vio a un carro policial y seis uniformados, entre quienes estaban el cabo y el agente que lo había intentado ahorcar.

Pasó de largo sin decirles nada. Ellos tampoco le dijeron algo. Algunos se cubrieron el rostro, pero no hicieron nada por auxiliarlo, hasta que unas personas que se encontró le pidieron ayuda a los policías. Dos de ellos condujeron la patrulla y en cuando hubo subido Enero, los policías le dijeron: Ey, bicho, nosotros pensamos que íbamos a ir allá arriba a traer un embolsado.

Del caserío Los Renderos a la clínica de la Cruz Roja de Apopa no se hubiesen tardado ni cinco minutos en llevar al paciente. Pero los policías llegaron 40 o 45 minutos después. Mientras tanto, le insistían en que si decía algo, lo matarían a él y a su familia.

Enero pasó 28 días hospitalizado. Según Juan, el abuelo, los médicos del hospital Rosales le dijeron que tenía quemaduras de segundo y tercer grado en el 80 por ciento del cuerpo y que era un milagro que hubiera sobrevivido y recuperado tan pronto.

A %d blogueros les gusta esto: