Trangénero: La historia de Iván Puhlmann

“Yo le pedía a mi primo los calzoncillos mientras mi mamá me insistía con que usara una malla de baile con tutú”. Su madre quería tener una hija que siguiera su carrera de bailarina. Lo había adoptado con el nombre de Gisel en su documento y lo criaba sola en un ambiente de artistas en la ciudad de Buenos Aires. Pero Iván Puhlmann, que había nacido en 1979, no se sentía a gusto con hebillas ni polleras. “Era rebelde, y cuando tenía 9 años mi mamá me internó en un hospital neuropsiquiátrico infantil. Pasé un año allí y cuando salí, empecé a callar que me sentía varón porque había consecuencias. Me fui de mi casa, y no pude seguir en la escuela porque las burlas eran imparables y violentas. En cambio, en la calle yo me sentía bien porque encontraba la libertad de ser lo que era”, recuerda.

Se sentía un varón en un cuerpo adolescente que lo incomodaba. A los 14 años, eligió el nombre de Iván. Cuando fue a consultar por primera vez a un médico ginecólogo con su madre: lo llamaron por el nombre asignado al nacer, y no encontró comprensión para lo que le pasaba. Durante 22 años nunca más regresó ni a un centro de salud ni a un hospital. “Hasta 2001 no conocía qué había hombres trans. Busqué en Internet “travesti al revés” porque era lo que sentía. Encontré información en Internet”.

Con la idea de masculinizar su cuerpo, Puhlmann se aplicó por su propia cuenta anabólicos de fisicoculturistas y hormona testosterona, que dañaron su hígado y sus riñones. Volvió a una consulta médica recién hace tres años. Su vida había cambiado.

Maltrato desde los hospitales

Lo llamaron “Iván” tal como está registrado en su documento nacional de identidad. Pudo hacer ese cambio oficial de nombre gracias a la primera ley en el mundo que garantiza que toda persona puede decidir, desarrollar y expresar su identidad de género de acuerdo con su propia autopercepción, sin estar obligada a someterse a diagnósticos médicos, sin tener que pasar por una instancia judicial y sin someterse a un procedimiento de modificación del cuerpo.

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Frente a un entorno adverso, Iván Puhlmann hizo su proceso de transición con automedicación. Después de la sanción de ley de identidad de género, pudo acceder a un tratamiento con control médico. Hoy trabaja en Casa Trans, en Buenos Aires, para informar y empoderar otras personas trans sobre sus derechos | Foto: Valeria Román

Desde la sanción de esa ley en 2012, hubo mejoras en la situación de las mujeres y los varones trans en la Argentina con respecto al derecho de acceso a la salud. “Diferentes situaciones, como la expulsión por parte de sus familias, la deserción escolar por hostigamientos, la violencia ejercida por la Policía, el riesgo de exposición a las enfermedades de transmisión sexual, y la discriminación que sufren cuando van a los hospitales, han impactado negativamente en la expectativa de vida de las personas trans”, comenta Inés Aristegui, psicóloga e investigadora de la Fundación Huésped, con varios trabajos publicados sobre los problemas que enfrenta la población trans. “Desde la puerta de los hospitales, las personas trans eran maltratadas. Esa estigmatización se internalizó e hizo que no regresaran para recibir atención”.

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